¿Se trata de LA yoga o de EL yoga?

Mucha gente habla de «la yoga». Tal vez, al terminar en a, el término aparenta tener género femenino. Si pensamos que se trata de una práctica, de una disciplina, no estaría mal darle el matiz femenino.
Yo prefiero ajustarme al término masculino: el yoga. Porque esta práctica es un arte. Arte es el medio a través del cual nos expresamos.
El yoga es el arte de conocer mejor nuestro cuerpo y nuestro Ser interior.
Yoga es el arte de transformar la relación que tenemos con nuestros planos de existencia.
Es pasar de sentirse un ser limitado a expandir nuestros límites, tanto físicos como mentales y espirituales.
Yoga es el arte de la transformación, por tanto. Todos necesitamos cambios a lo largo de nuestra vida. Pero nos olvidamos de que «para que las cosas cambien, algo tenemos que cambiar». La práctica regular de este arte nos permite pasar de lo denso a lo más sutil; de la conciencia puesta en el afuera a la conciencia habitando nuestro centro. Transforma la relación de nuestro ser con el otro.
El yoga transforma nuestra vida, en fin
Quien se proponga iniciarse en el yoga no tiene que volverse vegetariano, célibe, vivir por y para el yoga y abandonar su vida anterior, a menos que esa sea su voluntad. Es posible integrar perfectamente esta práctica milenaria a nuestro vivir cotidiano, sin necesidad de perder nuestra identidad.
EL YOGA NOS INVITA A SUMAR, NO A RESTAR
Nos propone hacer algo grande por nosotros mismos, sin modas ni falsas apariencias, sin reglas fijas ni ataduras con sistemas ni personas. Y, sin embargo, con el tiempo, a través de la autovaloración que resulta del yoga, vamos valorando cada vez más al otro.
EL YOGA NOS QUIERE LIBERAR, NO ATAR
Si limitamos nuestra visión del yoga a una práctica física, que realizamos un par de veces a la semana, dentro de una sala preparada para tal fin, los resultados serán también limitados. Si hacemos del yoga una forma de vida, un modo de conducirnos ante los demás, ante los acontecimientos y ante nuestros propios cambios, el yoga se transforma —una vez más la gran palabrita— en una actitud. Pasa a integrar nuestro Ser y deja de conformar una actividad externa y esporádica. ¡Qué recurso maravilloso!